Dejarse ganar suena demasiado bien

Es inevitable, nos ponen ojitos y les vemos con tanta ilusión que no podemos decir que no. Y antes de que nos demos cuenta estamos poniendo una cara de profundo sufrimiento fingido y soltamos esa frase de ‘vaya, me has ganado’.

La sonrisa en la cara de los niños es inmediata, y seguido viene la nuestra por verles tan felices. Pero, ¿estamos haciendo bien dejando ganar a nuestros hijos?

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Cuando un niño se acostumbra a ganar, el momento de enfrentarse una derrota puede ser catastrófico. Lo más normal es que no la acepte, tenga una rabieta y se ponga algo violento.
En estos casos, los psicólogos aconsejan que la violencia no debe admitirse bajo ningún concepto y es mejor corregirla de inmediato. Educar a los hijos en la frustración es clave para su desarrollo, y deben entender que no siempre van a ser los ganadores y que no todo en la vida sale bien. Y no pasa nada.

La película de Pixar ‘Del revés’ (‘Inside Out’) nos da unas claves sobre lo importante que es la tristeza en la vida de las personas, tanto adultos como niños; y cómo los sentimientos negativos cumplen un papel importante en nuestra felicidad y en cómo nos enfrentamos a los problemas del día a día.

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Por lo tanto, al jugar debemos ser honestos: ganar la partida de vez en cuando y reaccionar de manera adecuada cuando seamos los perdedores para que el niño no copie malos comportamientos. Tenemos que tener claro que somos su ejemplo a seguir, y nuestras reacciones serán las suyas.

En definitiva, es muy importante jugar de tú a tú. Pero sin ser abusones, que nos conocemos. Con Quizzers, por ejemplo, al tener preguntas adaptadas a la edad de cada jugador nadie tiene ventaja sobre nadie, y si el niño pierde o gana habrá sido en las mismas condiciones que el resto.

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Otra opción para los que se resisten a aceptar la derrota es el juego en equipo, ya que así no se interpreta como algo propio sino de un conjunto de personas y se asimila más fácilmente. Ya se sabe, mal de muchos…

La importancia del juego intergeneracional

Ya sabéis que en Cayro somos fieles defensores de que jugar no tiene edad. Por eso tenemos la colección XXL Big Size para que los mayores también se diviertan y aprendan, y por eso nos encanta que el juego tenga cada vez más protagonismo en la parte educacional, tanto de pequeños como de mayores. Y si juntamos a los dos, ¡mejor que mejor!

Os hablamos de la importancia del juego intergeneracional, una práctica cada vez más extendida y que comprende el juego y la interacción colaborativa entre los más mayores y los más pequeños.
Uno de los ejemplos más sonados ha sido el de la residencia para mayores Providence Mount St. Vincent en Seattle, en la que niños de primaria se reúnen durante cinco días a la semana con los mayores para enriquecer sus vidas a través de diferentes actividades.

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Este proyecto se dio a conocer gracias al documental Present Perfect, pero existen varios casos más.

Desde hace tiempo se sabe que el contacto intergeneracional tiene muchísimos beneficios tanto para la salud y autoestima de los mayores, como de los más pequeños. La mayoría de las personas mayores, al envejecer sienten que no son útiles y se frustran, pero al entrar en contacto con los niños el cambio es automático: se esfuerzan por participar y agradar, acompañan al niño, intentan sorprenderle, sonríen…

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Y para los niños es un gran estímulo, ya que aparte de que con estos encuentros normalizan y aceptan el proceso de envejecer, se encuentran motivados para ayudar y enseñar lo poco que saben a los mayores.
Podemos decir que estos programas mejoran la vida de ambos colectivos tanto a nivel cognitivo (por el aprendizaje mutuo que se genera), como a nivel físico o psicológico, ayudando a la movilidad de los mayores al tener algo por lo que esforzarse; y generando una relación que les hace estar más felices y conectados al mundo real.

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Nos encantan estas iniciativas, así que mayores y pequeños, abuelos y nietos, ¡todos a jugar!

Crecer con los cinco sentidos

Y sin tecnología. Así están creciendo los niños de la familia Boon. Y su madre, que es fotógrafa, lo documenta todo con unas bonitas fotografías que dejan ver que lo único que necesita un niño es un entorno en el que pueda jugar.

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Con lo que sea: hierba, cajas, piedras, un lago… Cualquier cosa que haga que la creatividad e imaginación de los niños se potencie. Niki Boon, su marido y sus cuatro hijos, Kurt, Rebecca, Anton y Arwen, viven en una casa de madera dentro de una propiedad de diez acres. Todo el terreno campestre que puedan imaginar para correr, gritar, y reír.

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No les han prohibido terminantemente el uso de la tecnología, ya que son conscientes de que en algún momento tendrán que usarlo, y lo que importa es que no se cree una dependencia a ella y que los niños sepan que pueden vivir sin ella y seguir pasándoselo bien.
De hecho, tienen un ordenador en el que ven películas, y juegan a videojuegos cuando van a las casas de sus amigos o familiares.

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Desde luego, el juego es mejor aliado del crecimiento de un niño y si es al aire libre y libre de tecnología, mucho mejor!

¿Las mentiras de los niños son algo más que un juego?

Kang Lee es un investigador canadiense que afirma que es completamente normal que los niños mientan desde pequeños (a veces desde los dos años, hasta un máximo de 12). E incluso para algunos la mentira puede ser “saludable”, fruto y parte parte de su fantasía e imaginación.

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Y es que normalmente se dice que los niños empiezan a contar mentiras cuando empiezan el colegio; que mienten mal y les pillamos fácilmente; y que si mienten cuando son más mayores hay algo en su carácter que los hace ser mentirosos compulsivos.
Y esto si que es una mentira.

Lo primero es que hay muchos niños que mienten a una edad temprana y, lejos de preocuparnos, debemos alegrarnos porque si no lo hicieran podría ser síntoma de conductas antisociales o autistas.

La mayoría de las mentiras de los niños se deben a su imaginación, y no son intencionadas. Se debe a una parte de su desarrollo en la que la fantasía se está formando y no saben distinguir si lo que ven es producto de su imaginación o el resto de gente lo está viendo.

También existen las llamadas “mentiras blancas”, que empiezan cerca de los 6 años y las usan para beneficiar a otro o para no herir los sentimientos, para evitar castigos, para ayudar a un amigo, para sentirse superiores, o porque les divierte.

Kang Lee hizo un experimento en que les decían a los niños que si adivinaban la carta les darían un premio muy grande. Se iban un momento de la habitación y les pedían que no mirasen las cartas. Al volver, les preguntaban si habían mirado. De los más pequeños, la mayoría confesaba y a medida que la edad aumentaba, mentían más.

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Y esto es así porque cuanto mayor conocimiento tienen, mejor capacidad para mentir poseen, ya que requiere controlar las emociones y expresiones faciales. Son capaces de usar una expresión neutra ocultando sentimientos de culpa, vergüenza, etc.

Por eso, a pesar de que en la mayoría de los casos pueda ser un juego por su parte, hay que tener cierto control en su educación para que no les perjudique.
Hay que dar valor a la honestidad y evitar que la mentira se convierta en algo recurrente, primero detectando el por qué de las mentiras y sabiendo si el niño es suficientemente mayor como para detectar que mentir es malo.

Os dejamos la charla entera de Kang Lee sobre los niños y las mentiras, 100% recomendable!

Juegos que no saben de fronteras

Hace unos días leíamos en Europa Press la noticia sobre esta iniciativa que utiliza el juego para dar apoyo a los refugiados sirios.

Ajedrez Sin Fronteras es una ONG que intenta favorecer el intercambio cultural a través del ajedrez. Como bien explica su fundador, Álvaro van den Brule, el Ajedrez profundiza en valores como el respeto y la cooperación para una mejora de la condición humana a través del entendimiento del otro.
Y es que, el juego en general es una de las mejores formas de acercar posturas y de relacionarse con otros entornos.

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Han llevado el ajedrez a lugares como Etiopía o Argelia, y ahora se han trasladado a Jordania para llevar a cabo un programa especial para los refugiados del campamento de Azraq.
En medio del sufrimiento que están viviendo estas personas, Ajedrez sin Fronteras brinda un tiempo de olvido, de dejar de pensar en los problemas y centrarse en la diversión y el aprendizaje.
Además, desde la ONG entrenan a los refugiados para que puedan llegar a ser enseñantes, y llevan a cabo talleres de reciclaje y fabricación de ajedreces artesanales.

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Y a nosotros nos parece una iniciativa muy bonita y muy enriquecedora para todos. Porque allá donde haya juego, habrá felicidad aunque sea durante el tiempo de partida.

¡Feliz martes!

La clase en la que ningún niño se portaba mal

Raúl Bermejo da clase en el Colegio Árula de Madrid a niños de cuatro años y en su clase nadie se porta mal.

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Hoy en día la enseñanza es bastante crítica, y hay niños que sufren si no saben escribir una letra correctamente o no saben resolver una suma simple.

Esta frustración, lejos de hacer que los niños mejoren, les crea miedos ante el aprendizaje. Cada uno es un mundo y en ellos el desarrollo madurativo no es el mismo.

Así que Raúl decidió hacer algo al respecto y enseñar al mundo lo que ayuda a un niño otro tipo de aprendizaje más creativo y colaborativo. Se hizo una cuenta de Instagram y empezó a contar su día a día en el aula.

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Los niños aprenden todo lo que tienen que aprender, pero se divierten haciéndolo porque juegan, que es principalmente lo que tiene que hacer un niño a los cuatro años.

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Juegan a inventar palabras, a definirlas, hacen cuentas con plastilina, y crean verdaderas obras de arte pringándose de pintura.

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El programa que están desarrollando se llama ‘Creatividad’ y ahora también está empezando a aplicarse en primaria y secundaria, porque ser más mayor no significa que haya que dejar de jugar.

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Y a nosotros nos encanta que se lleven a cabo estas iniciativas porque, como bien dice Raúl en una entrevista para El Huffington Post, el sistema educativo está planteado de una manera que no se tienen en cuenta las emociones, la creatividad, el talento y las inteligencias múltiples. Hay que acabar con los pupitres y con los exámenes. Tener en cuentan las características del niño, dejarle investigar. Menos trabajo individual y más cooperativo.

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¿Por qué dejamos de dibujar?

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Este verano ha caído en nuestras manos esta conferencia del ilustrador Puño. Tiene unos años y iba dirigida, en principio, a un público especializado y profesional. Nos la recomendaron y la verdad es que han sido unos 45 minutos muy bien invertidos. Y para nada es una conferencia técnica. Se hecho, apenas habla sobre su trabajo.

Habla de nosotros, los mayores que un día dejamos de dibujar. Y eso más o menos viene a ser lo mismo que dejar de jugar. Porque dejamos de dibujar por la misma razón por la que dejamos de dibujar: porque crecemos. Y porque creemos que eso ya no va con nosotros.

Dice la especialista en juegos y creatividad Imma Marín que cada vez los niños dejan de jugar antes. Y eso no es una buena noticia.

¿Por qué lo hacemos? ¿En qué momento decidimos que ya no sabemos dibujar o que eso de jugar ya no va con nosotros? Igual es cuando el miedo vence según qué batallas. ¿Por qué dejamos de dibujar y no de escribir? ¿Quién dice que eso que haces tú no es un buen dibujo? ¿Por qué estamos metiendo tantas barreras y tantos temores a los niños? Ah, los clichés, cuánto daño están haciendo.

No tenemos tiempo para jugar, no tenemos tiempo para aprender a dibujar (como si lo hubiésemos olvidado) y no tenemos tiempo para ver charlas como esta. Nosotros os proponemos un juego: lo veis, invertís los 45 minutos y si no os mola, la próxima partida corre de nuestra cuenta.

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